martes, 24 de diciembre de 2013

OLIMPIADA EN MOSCU, de Dick Francis (Emecé)

Título: Olimpíada en Moscú
Autor: Dick Francis (1920-2010)
Título original: Trial run (1978)
Traducción: Diana Trujillo
Editor: Emecé Distribuidora (Buenos Aires)
Edición: 1ª ed.
Fecha de edición: 1980-07
Serie: El séptimo círculo #333 \ Colección creada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares; dirigida por Carlos V. Frías
Estructura: [s.d.]
Información sobre impresión:
[s.d.]

Información de contracubierta:

Randall Drew, famoso jockey de carreras de obstáculos, ve truncada su serie de triunfos por fallas en la vista.
Es entonces abordado para llevar a cabo una delicada investigación en Rusia, relacionada con la posible participación de un noble inglés y excelente jockey en la controvertida Olimpíada de Moscú de 1980. Diversas presiones logran que se haga cargo del caso, pese a sus deseos de quedarse en Inglaterra junto a la mujer que ama.
En Rusia se suceden los riegos, las intrigas y los atentados para que el jockey no llegue a integrar la delegación olímpica inglesa, con la amenaza, además, de un escándalo de proporciones que podría llevar a conflictos diplomáticos imprevisibles.
Dick Francis da una nueva prueba del dominio en el manejo de la intriga, como mostró, en su momento, el dominio en el manejo de los pura sangre, pertenecientes a la caballeriza de Su Majestad, la Reina de Inglaterra.

MI COMENTARIO:

La historia empieza en los meses previos a las Olimpiadas de Moscú de 1980. Johnny Farringford, cuñado del Príncipe de Inglaterra, quiere participar en las pruebas hípicas de dichos juegos. Sin embargo, se ve involucrado en la extraña muerte de un deportista alemán que, antes de morir, pronuncia el nombre “Alyosha”. El Príncipe, al sospechar la existencia de una amenaza proveniente de la URSS, y para evitar problemas a su pariente y a la Corona, recurre personalmente a Randall Drew, un experto jinete retirado de la actividad por problemas de visión. Drew debe ir a Moscú para averiguar quién es Alyosha y desentrañar el peligro que se cierne no sólo sobre Farringford, sino también sobre la participación británica en la cita olímpica.
Ya en Moscú, Drew se ve inmerso en la confusión total con la materia de su investigación. Nadie sabe quién es Alyosha. De manera paulatina, va conociendo la vida en la dictadura comunista, vida bajo un férreo control y la permanente desconfianza hacia los extranjeros. De pronto, empiezan los intentos de disuasión primero y de asesinato después: Drew llega a la conclusión que un poder oscuro, el terrorismo internacional, está detrás de los mismos, y que pretende atacar a todos, estén del lado que estén de la Cortina de Hierro.
La trama está bien, es el viejo juego de confundir al protagonista hasta que una oportuna anotación en un papel termina por resolver todos los enigmas. Drew es inteligente, atento, activo, a pesar de sus falencias en la vista y los pulmones, que le generan un riesgo constante. Donde la novela gana en altura es en la descripción de Moscú, de su geografía y sus habitantes. Francis da cuenta de la opresión, del miedo, de los constantes cuidados que deben tener tanto ciudadanos como turistas. El espionaje interno es permanente. En este sentido, no tiene dudas de oponer la situación rusa a la occidental y apoyar a esta última, a pesar de sus propios problemas. En un punto del relato, Drew se da cuenta que los que atentan contra su vida no pueden ser rusos, y llega a esa conclusión reflexionando sobre la falta de pasiones que observa en ellos: los hijos de una Revolución violenta adoptaron al conformismo extremo como forma (y garantía) de vida.
Frente a ellos están los terroristas. Por intermedio de una estudiante alemana, Drew se entera de la existencia de Wolfgang Huber, un médico de la Universidad de Heidelberg (Alemania Occidental), que en los años setenta practicaba el siguiente método: trataba a jóvenes conflictivos, provenientes de familias acomodadas, a través de la “terapia del terrorismo”, enseñándoles que, para recuperarse, debían destruir el mundo de sus padres. Drew vierte sobre ellos una cruda opinión:
“El desprecio natural de la juventud por el desastre en que sus mayores convirtieron al mundo se había vuelto rencor, deseo de castigar con violencia al objeto de desprecio. La muerte del amor hacia los padres. El permanente desdén por toda forma de autoridad. La frustración de no poder mortificar a la despreciada mayoría. Y además de eso, las distorsiones más profundas, más malignas... El autoconvencimiento de que la sociedad tenía la culpa de su sentimiento de inadaptación, y que era necesario destruir a esa sociedad para sentirse adaptado. Infligir dolor y miedo, para satisfacer el ego hambriento. La rendición total de la razón frente a la ilusión de estar inspirado por una especie de ira divina. La elección de una meta inalcanzable, de modo que los medios violentos pudieran continuar y continuar. El orgasmo producido por el acto de sembrar desolación.”
Es el terror que Drew ve sostenido por el imperialismo de la entonces expansionista Unión Soviética.