martes, 29 de marzo de 2011

LOS EXPLOTADORES, de Samuel Edwards (Emecé)

Título: Los explotadores
Autor: Samuel Edwards (seudónimo de Noel B. Gerson, 1914-1988)
Título original: The exploiters (1974)
Traducción: Elisa López de Bullrich
Cubierta: Carlos Muleiro
Editor: Emecé Editores (Buenos Aires)
Edición: 2ª impr.
Fecha de edición: 1976-05 (1ª ed.: 1976-01)
Serie: Grandes novelistas
Estructura: 18 capítulos
Información sobre impresión:
Primera edición: 16.000 ejemplares Buenos Aires, mayo de 1976
2ª impresión en offset: 5.000 ejemplares
Editor: Emecé Editores, S.A. - Carlos Pellegrini 1069, Bs. As.
Composición y armado: Equipo, S.R.L. - México 1208, Bs. As.
Impresor: Compañía Impresora Argentina, S.A. - Alsina 2049, Bs. As.
Distribuidor: Emecé Distribuidora, S.A.C.I.F. y M. - Alsina 2062, Bs. As.


Información de contracubierta:
Dugald McIntosh, presidente de una compañía que se halla al borde del desastre financiero, contrata a Turk Kenyon, un desprejuiciado aventurero, para que se gane la amistad y el favor de Suleiman ben Yosef, sheik de un pequeño país situado en el Golfo Pérsico. Pero Suleiman es un desconcertante personaje cuyos caprichos y fanatismo religioso no conocen límites. Ayudado por una misteriosa y atractiva rubia, cuya información es siempre valiosa, Kenyon emprende su misión y no retrocede aun frente a los peligros que lo acechan constantemente. Los hilos se mueven subrepticiamente desde todas partes del mundo.Los explotadores pone en relieve la desconocida mentalidad árabe, los inconfesables móviles y conflictos de las naciones industrializadas, la alta política internacional ante el peligro de la guerra, y finalmente la lucha para obtener dinero y poder. Por el autor de Cincuenta y cinco días en Pekín.

MI COMENTARIO:
Las intrigas que se producen alrededor del negocio petrolero son la materia de esta novela. En Abu Bakr, emirato ficticio ubicado en el Golfo Pérsico, se produce un golpe palaciego: el sheik Suleiman Ben Yosef al-Husayn depone a su hermano Muhammad y se convierte en el nuevo emir. El cambio de mando inquieta a Dugald McIntosh, director de la Aapco (American-Arabian Petroleum Company), dueña de los pozos petrolíferos de Abu Bakr. Sospecha que el nuevo emir puede romper relaciones con la empresa y otorgar las explotaciones a empresas o gobiernos de otros países. Para sondear a Suleiman y conocer sus propósitos, decide enviar a Turk Kenyon, un aventurero especializado en el trabajo con las grandes corporaciones, además de ser un gran mujeriego.
Para Kenyon será un viaje especial: en años anteriores fue amante de la esposa del gerente general de operaciones de la Aapco en Abu Bakr, Red Hamilton, con el que tendrá que relacionarse muy a su pesar. Va al emirato acompañado de Lee, una misteriosa y bella mujer que resulta ser Leah, una espía israelí. Descubren que Suleiman no sólo quiere deshacerse de la Aapco, sino que ambiciona convertirse en el jefe de todo el Islam, además de procurar la destrucción de Israel. Es entonces que McIntosh decide que la mejor solución es asesinarlo, misión que encomienda a Turk y Leah.
Edwards, un prolífico escritor norteamericano —sobre todo de novelas históricas—, es un narrador clásico: sin frases rebuscadas, sin experimentos narrativos, se dedica a contar una historia de manera llana y precisa, donde cada personaje actúa dentro de los límites impuestos por una trama nítida y sin secretos. Con este estilo, el autor puede mostrar sin tapujos el cinismo y la crueldad que mueve a esos dos submundos que aun influyen de forma soberana en la actualidad: las corporaciones petroleras y los regímenes despóticos del Medio Oriente. En una parte del relato, un nativo de Abu Bakr que trabaja para la Aapco decide informarle al emir sobre los nuevos pozos petrolíferos descubiertos que se mantienen en secreto, creyendo que será recompensado. Suleiman, luego de conocer este dato, lo manda torturar y matar. Hacia el final de la novela, Turk y Leah, convertidos en amantes, van a recibir su recompensa al departamento de McIntosh. Sin embargo, Bobbie, su nueva esposa y antigua amante de Kenyon, termina entregándoles menos de la mitad de lo prometido.
No hay almuerzos gratis con los déspotas, sean empresarios o políticos.


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