domingo, 23 de marzo de 2014

LA COMPAÑIA, de Carlos Rigueiro Herrera (Corregidor)

Título: La Compañía
Autor: Carlos Rigueiro Herrera (1949-)
Cubierta: Pérez Villamil y Asociados
Editor: Ediciones Corregidor (Buenos Aires)
Fecha de edición: 1997-08
ISBN: 978-950-05-1033-2 (950-05-1033-2)
Estructura: 1 introducción, 27 capítulos, 1 epílogo
Información sobre impresión:
Esta edición se terminó de imprimir en La Prensa Médica Argentina
Junín 845 (1113) Buenos Aires, Argentina, en el mes de agosto de 1997.

Información de contracubierta:
Cuando se mezclan ficción y realidad...
Un thriller ágil y explosivo, que nos marcará para siempre.
¿Qué relación existe entre un francotirador bosnio y el atentado a la AMIA?
¿Qué papel juega ETA, en toda esta trama?
¿Qué conexión hay entre un importante estudio jurídico de Buenos Aires, y el narcotráfico colombiano?
Una mujer —fiel esposa y devota madre— lleva una doble vida.
Ella tiene todas las respuestas.
¿Ficción?
¿Realidad?
Una novela que lo hará pensar, que lo marcará para siempre.
La Compañía, es de esas pocas obras con un marcado destino de Best Seller”

Información de solapas:
Carlos Rigueiro Herrera, nacido en Buenos Aires en 1949, reside actualmente y desde hace varios años en Madrid, España. Abogado, notario, discípulo del padre Quevedo (sacerdote jesuita, especialista en los fenómenos parasicológicos del conocimiento), este polifacético poeta y escritor arremete con su primera novela, enfocando en un tema candente.
Con una prosa ágil y vital explota al máximo una mezcla de realidad y ficción, para atrapar al lector desde el inicio.
Basado en la investigación del atentado a la AMIA, y entrelazado con una historia cotidiana, nos brinda un enfoque diferente y sorpresivo, un análisis razonable e impactante, una novela que nos hará pensar, que nos marcará para siempre.

MI COMENTARIO:
La novela abre dando una rápida mirada a la vida de distintas personas en los momentos previos al atentado a la embajada de Israel en Buenos Aires, el 17 de marzo de 1992, donde las mismas cruzaron sus destinos encontrando la muerte. Continua con la reproducción de notas de diarios que por esos días escribieron sobre el ataque y su inmediata investigación. A partir de allí, el relato irá alternando secuencias en primera y en tercera persona, centradas en Miguel Rodríguez, un argentino radicado en España, que es analista de “la Compañía”, una poderosa agencia de inteligencia cuya identidad nunca es aclarada, pero que da toda la apariencia de ser la CIA. Miguel se encuentra inactivo desde hace un tiempo, luego de haber participado en actividades muy peligrosas en Medio Oriente y Bosnia. En el camino pierde a su gran amigo Manolo, un español vitalista que tenía gran importancia dentro de la Compañía y que trabajaba junto a él en sus misiones. Al producirse el segundo atentando antijudío en Buenos Aires (en contra de la AMIA, el 18 de julio de 1994), Miguel es convocado por sus jefes: viaja a Vermont, EEUU, para recibir entrenamiento, reestructurar su puesto dentro de la organización y posteriormente encargarse de la investigación de ese hecho en la capital argentina. Ya allí, Miguel retoma sus contactos profesionales y afectivos. No tarda mucho en involucrarse en una madeja de relaciones y traiciones que incluye el paso de la banda independentista vasca ETA por Argentina. También tiene una extraña entrevista con el entonces presidente Carlos Menem en la Casa Rosada; Miguel expresa en ese encuentro la opinión ambiente del momento:

El sillón mullido es una invitación inevitable. Me siento, me acomodo. Trato de hacerme una imagen de Menem. Se dice que es un hábil político, de sonrisa fácil y modales finos. Toda la corrupción que lo rodea no lo toca y si lo toca, es como si no lo tocara. Es un hombre benevolente con sus amigos y partidarios. Ha seguido, con fidelidad asombrosa, la política aperturista y monetarista ordenada por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Ha sido fiel amigo de Bush. Es fiel aliado de Clinton. No le han importado —no le importan— las consecuencias. Del 22 por ciento de desocupados, calcula un doce por ciento de votos. Los jubilados pueden desgañitarse en manifestaciones semanales durante años. No le importa, la parca los irá llevando. Los votos los consigue en otra parte. Y la corrupción —esa palabra suena y vuelve a resonar— no es una mala palabra para los argentinos. Argentina está corrompida y los argentinos son cómplices. Co-autores necesarios, de la mafiosa telaraña. Sólo unos pocos alzan su voz disconforme. La verdadera oposición hace la vista gorda, mira para otro lado. Ha sido corrupta; es corrupta. Tienen su propia área de poder, su quintita para cuidar. Las pequeñas izquierdas que no molestan a nadie, gritan. Pero no tienen peso, no tienen ese poder. ¿Los sindicatos?: hace décadas que ejercitan la corrupción. Los líderes —¿líderes?— sindicales viven muy bien y no representan a nadie, sólo a ellos mismos. ¿El campo?: como siempre. Nadie reinvierte, nadie planta nada en un país indiferente. Viven de los subsidios, otra forma de corruptela. El granero del mundo ha cerrado sus puertas. ¿Y qué hay de la media burguesía?: nada de nada. Profesionales egoístas, empresarios improductivos, comerciantes al garete, nuevos ricos sin currículum. Una mierda.. merecen empobrecerse, hacerse cuentapropistas con maxi kioscos o drugstores 24 horas. Total, para el puchero tienen. La generación del 90 se quedó allí, en el siglo pasado. La Argentina, ahora, no tiene trascendencia. El futuro es lo que vale. Siempre mañana, siempre...

Herrera pasa de un tema al otro sin despeinarse, lo hace con un lenguaje intimista, trémulo por momentos, nostálgico siempre. Conoce los temas que se manejan en el espionaje, pero por encima de ellos instala a un personaje que sufre, reconoce, intenta. El final es algo aparatoso y abrupto, pero lo suele ser en este tipo de novelas. Hay que reconocerle al autor mantener su estilo y su voz de principio a fin, manejando las obviedades desde la agilidad, mayormente sin insistencias. La novela también es un rápido vistazo a la Argentina menemista, a su estado de ánimo que mezclaba sincera impotencia y goce hipócrita. Hacía siglos que no leía una novela argentina: no estuvo mal reencontrarme con ese lenguaje rioplatense tan brutal como desesperado.