viernes, 1 de mayo de 2015

BANDERAS AL AMANECER, de Robert Stone (Ultramar)

Título: Banderas al amanecer
Autor: Robert Stone (1937-2015)
Título original: A flag for sunrise (1981)
Traducción: Alberto Miralles
Cubierta: Domingo González
Editor: Ultramar Editores (Barcelona)
Edición: 1ª ed.
Fecha de edición: 1983-02
Serie: Best seller #240
ISBN: 978-84-7386-322-3 (84-7386-322-4)
Depósito legal: NA-102-1983
Estructura: 43 capítulos
Información sobre impresión:
Fotocomposición: Cucurella, I.G. - Manresa.
Impresión: Gráficas Estella, S.A., Estella (Navarra), 1983.

Información de cubierta:
El mundo corrupto y amenazante de una pequeña república Centroamericana, de la mano de un nuevo Conrad, de un Ross MacDonald.

Información de contracubierta:
Las principales líneas narrativas de esta novela de Robert Stone convergen en la pequeña y corrupta República Centro-americana de Tecán. En una decadente parroquia de la costa, el cura se refugia en el misticismo y en el ron, mientras su ayudante, una monja joven y norteamericana, está a punto de caer en una resignada desesperación. Holliwell, un antropólogo norteamericano, se encuentra en la misma situación que su compatriota, al aceptar de mala gana una difícil misión obligado por siniestros conocidos en los lejanos días en que ejerció de “consejero”. En la misma costa, un técnico de radar, drogadicto en estado peligrosamente avanzado, está a punto de aceptar un nuevo trabajo como marinero de cubierta en un bote a motor demasiado bien equipado y poderoso para ser el barco de pesca que aparenta.
Alrededor de estos personajes se mueven una galaxia de sombras del submundo: traficantes de armas, revolucionarios profesionales, periodistas, agentes caídos, diplomáticos de tercera fila con línea directa a Langley, una policía desesperada y brutal...
Corren rumores de que un asesino psicópata anda suelto, y de que las centelleantes aguas del mar cercano cubren escollos y profundidades que pudieran ser las tumbas provisionales de innumerables horrores... Nada en Tecán es lo que parece: nos hallamos en un mundo sometido a una amenaza constante que puede convertirse en una súbita, fea y triste realidad. Los protagonistas, mientras se mecen mórbidamente en la ruina de sus ilusiones, al borde del descontrol, se encuentran entrampados en una acelerada espiral de violencia: el gusto del poder, las esperanzas de la revolución, la codicia por el botín, todo conduce inexorablemente al mismo final terrible.

“Como Conrad, Robert Stone tiene la habilidad de envolver en acción rápida y violenta el sobrio material de fondo de sus libros... Se trata del primer escritor de su generación. Jeremy Brooks. Sunday Times.

Información de solapas:
Robert Stone nació en Brooklyn, creció en el West Side de Manhattan, sirvió como periodista en la armada de los EE.UU., y más tarde en la marina mercante en el Caribe. A principios de los años sesenta vivió en Nueva Orleans y en la zona de la bahía de San Francisco. Con su primera novela consiguió el premio de la fundación Houghton Mifflin. A Hall of Mirrors fue llevada al cine con el título de Un hombre de hoy con Paul Newman. En 1970 ganó una beca Guggenheim. Su segunda novela Dog Soldiers, también pasada al cine por Karel Reisz, ganó el Premio Nacional de Narrativa en 1975. Sus narraciones han aparecido en numerosas publicaciones, especialmente en Los mejores cuentos americanos de 1970. Trabajó en Vietnam del Sur en 1971 y escribió sobre aspectos de la guerra en varias publicaciones.

Algunas críticas a su obra:
“La mejor novela que he leído este año... Se lee como un relato moral al estilo de Conrad, sobre la herencia de corrupción que la guerra del Vietnam ha legado a América, o simplemente como un relato de Ross MacDonald...” A. Alvarez, Observer.
“... el libro de un escritor de raza”. D. May. Listener.
“... una parábola de degeneración moral, de la ruptura de los valores del mundo civilizado”. M.G. McNay. Oxford Mail.

MI COMENTARIO:
Una obra maestra. Una de las grandes novelas norteamericanas. La cumbre de ese género de viajeros/espías del Primer Mundo metidos en problemas en países del Tercero, que va desde Joseph Conrad hasta Graham Greene. Me quedo corto en buscarle calificativos a Banderas al amanecer. Harold Bloom hizo bien en incluirla en su canon occidental.
Frank Holliwell, un antropólogo sobreviviente de la guerra de Vietnam (donde actuó como informante de la CIA), recibe el pedido de Marty Nolan, un amigo que trabaja en los servicios secretos para viajar a Tecán, un país (imaginario) de Centroamérica (una mezcla de Honduras y Nicaragua) e informar sobre la situación de una misión religiosa de los devocionistas norteamericanos. Nolan sospecha que sus integrantes pueden estar participando de peligrosas actividades políticas. Renuente al principio, Holliwell finalmente acepta. En su viaje, se encuentra con personajes misteriosos que, a pesar de las apariencias, evidencian sus vínculos con poderes siniestros. En Tecán se está por producir una revolución comunista, apoyada por la Unión Soviética. Holliwell intuye que se está metiendo en problemas, pero este país se parece mucho al Vietnam que no puede olvidar. Quizás pueda encontrar allí una salida a ese pasado sangriento donde dejó sus ideales.
Paralelamente, Pablo Tabor, un operador de radar de los guardacostas del sur de EEUU, en medio de un ataque de locura, mata a sus perros, abandona a su mujer y su hijo pequeño, y cruza la frontera con México, dirigiéndose al sur en busca de un nuevo comienzo, harto de una vida a la que siente manipulada. Lo hace atiborrado de drogas, que para él son como el oxígeno mismo. En Compostela, un país vecino a Tecán, se une a un equipo de traficantes de armas que, con un barco camaronero preparado para tal fin, se dirige a proveerlas a los insurgentes.
La otra línea narrativa se concentra en Charlie Egan, el sacerdote alcohólico que dirige la misión, y la joven monja Justin Feeney, que se enfrenta a una fuerte crisis de convicciones, que resuelve acercándose a los revolucionarios y ayudándoles en su ataque final, a pesar de estar vigilada por la policía de la región.
Los recorridos de Frank y Pablo están llenos de alcohol, drogas, deseo, miedo y divagaciones sobre el mundo y su locura. Se van desatando nudos que liberan monstruos en la mente y la naturaleza, como cuando Holliwell siente la presencia de un tiburón en la visita a un arrecife de coral, o Pablo tiene una de las conversaciones más locas de la literatura con un traficante judío en plena agonía, donde entrevé la influencia de los “mundos muertos” en el nuestro. Stone va superándose a sí mismo capítulo tras capítulo: con una prosa poética, un ritmo casi musical y momentos de una filosofía indefinible, los personajes aparecen y desaparecen, algunos vuelven, otros no, pero todos son como las fibras de un tejido único, que no puede entenderse del todo, pero que por momentos permite que el “ojo del mundo” mire a sus pobres criaturas. Hay algo panteístico, místico y cósmico en toda la historia, pero el destino no está fijado: cada uno lo puede cambiar, solo que la mayoría no es capaz de aceptar el momento adecuado. La testarudez se paga caro: en este juego reversible solo la muerte es capaz de llevarse todo. Puede tener como premio acceder a “la verdad”, algo que para ese juego termina siendo muy poco.

Viajaron en silencio en medio del breve atardecer y de la noche. El fantasmal reflejo del mar a la derecha; a la izquierda la oscuridad se componía de la masa de la Sierra. Era un viaje al borde del abismo, entre cosas entrevistas e invisibles, un viaje cada vez más tenso y preocupante para Holliwell. A través de umbrales angostos logró distinguir fogatas de leños, también había fogatas en los campos de caña de azúcar. A su lado, al volante, una mujer extraña de rostro helado poseída por alguna fuerza tensa que a él le parecía en cierta forma abrumadora. Pero allí todo era hermoso; el viento era lo que Dios había querido que fuera, fresco y procedente del océano, sin haber sido mancillado por el tiempo. Brisas menores se revolvían contra el impulso del viento del mar, llevando un olor a yodo, a jacarandá, a flores que él conocía procedentes del otro lado del mundo: me-iang, ving, ba, el olor de las villas de Ban me Thuot, aceite de cocina, excrementos, incienso, muerte. El olor del mundo convulsionado. Guerra.

En ciertos momentos, Stone da fe de lo que él considera la derrota cultural de Occidente en mejorar las condiciones de vida del Tercer Mundo, y de su hipocresía en el uso de gobiernos y aparatos de seguridad para mantener algún control en esos países. Más que una crítica, simplemente da la evidencia de un destino inmanejable:

—A esta gente no le gusta ser pobre, Holliwell [dice Heath, un espía inglés]. A nadie le gusta. Vamos a enseñarles a avergonzarse de ser pobres y eso es algo nuevo, sabe.
—Ése es el estilo norteamericano —dijo Holliwell.
Heath resopló: —No me gusta ver a un hombre criticar a su país. Menos en el extranjero.
—No estoy criticándolo. Creo que lo mejor que tiene mi país no es exportable.
El señor Heath no lo escuchó. —Todos nos estamos retorciendo nuestras malditas manos, eso es. Lo hemos hecho desde la guerra. Pidiendo perdón y aceptando y dando cosas y no hemos salvado ni una vida negra, parda o amarilla por hacerlo. Queremos que nos destruyan, sabe. Y eso nos ocurrirá.

Los protagonistas terminan por confluir en la misión. Cada uno encuentra su propia verdad, hasta hay lugar para ensayar un sentimiento llamado amor. Pero no hay revolución sin sangre, y la sangre corre, una vez más sin ganadores. Los últimos capítulos son simplemente terribles, dolorosos, pero el autor no se conforma y lleva su poder narrativo hasta el final, donde la esperanza paga su fianza a los viejos dioses mayas, habituados a los sacrificios humanos.
Robert Stone murió en enero de este año, dejando una de las obras necesarias para entender un periodo tan tremendo como el que giró alrededor de la guerra de Vietnam. No puedo creer que esta novela solo haya aparecido en español en esta edición de Ultramar. Malditos editores.

PD: Se me ocurre un calificativo más: Banderas al amanecer es el antídoto perfecto para Cien años de soledad y toda la camarilla inflada del realismo mágico.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

"el antídoto perfecto para Cien años de soledad y toda la camarilla inflada del realismo mágico."
Pues a mí me gustan las de espías pero también el realismo mágico. Debo de ser un traidor o algo.

Johny Malone dijo...

Jeje, un agente doble en todo caso.
No digo que hay que dejar al realismo mágico, sí desinflarlo, sacarlo de la centralidad cultural que goza en Latinoamérica.

Anónimo dijo...

Ni hablar. Nos guste o no, García Márquez y Asturias valen tanto como Greene o Le Carré. Y si queremos que el género de espionaje sea tan culturalmente central como los primeros, enumeremos sus virtudes (y admitamos sus defectos), no ataquemos a los demás géneros; eso nunca funciona.

Johny Malone dijo...

Puede ser. Igual, el realismo mágico es un estilo, no un género. Y Asturias me parece más sincero que G. Márquez.